domingo, 17 de abril de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
Como conejos
En Italia, es sabido, somos gente extravagante. Pese a la inmovilidad más absoluta, no descartamos la posibilidad de adhesión a ninguna causa, especialmente las más absurdas. Hace algún tiempo, por ejemplo, estaba leyendo el estatuto de la asociación Regreso Dulce, que se propone reducir la población mundial a dos mil millones de personas.
La pasada semana la ONU ha dado una alarma: en 2070 seremos 9.400 millones de seres humanos. Demasiados. Siete mil millones, en cambio, es el número de habitantes que nuestro planeta alcanzará a finales de este año. Sólo en Europa desde principios de 2011 nacieron cerca de 800 mil niños: 2,5 por segundo. Y luego dicen que los jóvenes son unos vagos. Aunque la tasa de fecundidad haya venido disminuyendo desde hace medio siglo (pasó de 4,9 en 1950, a 2,6 en 2010), en términos absolutos nos estamos acercando a cifras insostenibles. Desde 1995, cada año en la Tierra se han añadido un promedio de 79 millones de habitantes. Esto se debe, sobre todo, a una mejora de las condiciones de salud y a la reducción de la mortalidad. Baste decir que en los países en desarrollo la esperanza de vida ha aumentado desde 42 a 68 años, sólo en el último cuarto de siglo. A partir de 2070, de acuerdo con las hipótesis más realistas, y si no nos habremos cargado antes el planeta, empezará un lento y dificultoso decrecimiento. La fertilidad tenderá a disminuir en la mayoría de los países, debido a una mayor educación y a estilos de vida que se irán occidentalizando.
En resumen: cuanto más culto eres, menos niños haces. Ahora, yo siempre he presumido de una cierta cultura. Nada especial, por supuesto. Algunos libros leídos, algunas películas vistas, muchas citas superficiales listas para el uso y, sobre todo, un aire pedante bien estudiado. ¿Tendré entonces que sacar las consecuencias de mi naturaleza incluso respecto a la remota hipótesis de poderme, algún día, reproducir? Creo que sí.
A nivel global queda bastante claro que las nuevas generaciones tendrán que luchar por los escasos recursos que les dejaremos. Nuestros hijos nos verán como gordos y viejos ávidos que les irán robando el pan de los dientes. Tampoco estarán del todo equivocados y existe la concreta posibilidad de acabar como Crono. No soy tan valiente, de modo que evitaría ese riesgo. Tal vez una buena guerra, como las de antes, refrescaría el ambiente. Eliminaría especialmente a los jóvenes, pobres y hambrientos. Pero tampoco es tan seguro que nos dejaría fuera de la hecatombe. Demasiado peligroso.
A nivel personal las dudas aún son mayores. Convivir con un bebé es como meter en casa un camión. Ambos generan mucho ruido, olores desagradables y no escuchan cuando les hablas. Pero, por lo menos, para el camión uno puede sacarse un carnet y saber cómo pilotarlo. Un hijo, en cambio, es un salto al vacío sin manual de instrucciones. ¿Y si luego te sale, yo que sé, pepero, o, peor, abogado? No lo soportaría. Además, soy demasiado egocéntrico, terminaría obligándole a seguir todas mis pasiones, querría plasmar mi clon personal sin posibilidad de rebelión. Y, en caso de que se opusiera, no le regañaría (no soy creíble cuando estoy enojado), si no que le pondría morros. Sí, porque, entre otras cosas, también soy monstruosamente inmaduro y no acepto competencia interna bajo este aspecto. El niño mimado soy y seguiría siendo yo. Chato, no hay sitio para los dos en este apartamento. En el que, dicho sea de paso, vives sin pagar el alquiler.
Aún así, reconozco que jugar con las maravillas de la ingeniería genética y la posibilidad de crear una pequeña criatura hecha a mi imagen me fascina. Sería un poco como tener un Mini-Yo, pero menos inquietante. Podría enseñarle las nociones básicas de la existencia, como, por ejemplo, el hecho de que matricularse en un máster es completamente inútil, o que para conseguir un buen mojito, hay que picar el hielo muy finito. Pero ni siquiera así estoy seguro de que valdría la pena. Es que realmente se debería amar mucho a la humanidad para querer asistir a su proliferación incontrolada y, desde luego, no es mi caso. Es cierto que una vez que nos hagamos mayores, mejor sería poder aprovechar del soporte familiar para derrotar a la melancolía, pero yo soy italiano y últimamente me he enterado de que incluso en la vejez todavía se puede pasar genial…
Supongo que el varicocele latente que llevo cultivando con amor desde hace unos años y la insistencia inconsciente con la que dejo que las radiaciones de mi móvil se propaguen desde los bolsillos de mis pantalones hacia mis partes íntimas, pues, delata la falta actual de cualquier instinto paternal.
Sin embargo, no se puede tomar una decisión definitiva. Tampoco es necesario, la verdad. Aunque el curso natural de la biología plantee límites claros. Quizás en el futuro podría optar por la adopción. Sin agobiar el planeta con la multiplicación de mis genes. Adoptaría a un joven de unos treinta años, con una buena posición en el mercado laboral. Un braguetazo de adopción. Pero, pensándolo mejor, también la de adoptar es una opción un poco radical. Mucho compromiso. En fin, tal vez la solución perfecta para mí podría ser el alquiler. De hecho, creo que empezaré a buscar alguna buena oportunidad en el Loquo.
domingo, 23 de enero de 2011
¿A que hora es la Revolución?

Venid madres y padres
desde todo el país
y no criticad lo que no podéis entender
vuestros hijos y vuestras hijas
están fuera de vuestro comando
vuestra vieja carretera
envejece rápidamente.
Por favor, salid de la nueva
si no podéis echar una mano
porque los tiempos están cambiando
Hace tres años me compré una guitarra. No era la primera vez. A lo largo de mi vida he intentado varias veces producir música simplemente rodeándome de instrumentos, como si su mera proximidad tuviera el poder de infundirme la ciencia del pentagrama. Por desgracia, no funciona así. Por otra parte, soy un consumidor bulímico de música y habría querido ser capaz de contribuir activamente a la creación de nuevas obras de arte capaces de cambiar el curso de la humanidad. Siempre he envidiado el talento y he tratado de neutralizar la frustración almacenando nociones teóricas y bibliográficas. De hecho, es sabido que los que no sepan practicar, enseñan o critican la teoría.
De todas formas, también esa guitarra acabó pronto encerrada en un armario. He abusado de ella durante varios meses, hasta que, ya completamente desafinada, se volvió incapaz de producir sonidos perceptibles por el oído humano. La simple incapacidad de afinar el instrumento ha detenido una vez más mi curiosidad y la pereza prevaleció.
Al mismo tiempo he empezado a pensar que salir por la noche, sin un objetivo concreto que no fuera simplemente “ver a gente”, era una pérdida de tiempo e incluso emborracharse ya no me parecía una perspectiva tan interesante. Cuando me atrevo, la resaca es una agonía que dura días. He empezado a notar que la barbilla descuidada que durante años me había parecido un grito valiente y desafiante de rebelión, ya me sugería una impresión inquietante de desorden y que era mejor regularla un poco. En mis escuchas la intransigencia cristalina del cuatro cuartos ha sido sustituida progresivamente por sincopas contradictorias y ambiguas. He comenzado a sentirme incómodo con la camisa puesta fuera de los pantalones y por la mañana me he sorprendido erradicando aventureros pelitos negros que intentaban escapar de mi nariz. Cuando escucho la palabra “revolución”, mi cinismo me procura inmediatamente una reacción alérgica. Me interesa la economía. Definitivamente ya no soy un joven.
En cualquier caso, nunca he sido un corazón de león, y ahora, sin duda, soy mucho más cauteloso que hace diez años. Sin embargo, quizás por la cobarde ilusión de que los demás vendrán a resolver mis problemas, me parece vislumbrar algo en el horizonte, o tal vez sea sólo la esperanza de ello. Y después de todo, si Ratzinger puede hablar de educación sexual, yo puedo hablar de los jóvenes.
Apenas nos encontramos al principio. De década, de siglo e incluso de milenio. En muchos sentidos, el siglo XX cerró partidos que estaban abiertos desde hace siglos, desplazando el eje de equilibrio del mundo hacia áreas demográficamente más activas que la anciana Europa. Las minorías residuales de los jóvenes de Italia, España, Francia, Inglaterra, Grecia e Irlanda, compuestas principalmente por personas post-ideológicas, nacidas después de la caída del muro de Berlín, en los últimos meses han comenzado a manifestar por razones aparentemente diferentes pero con un objetivo común: ®existir.
Al margen de la menor difusión del LSD, hay otra gran diferencia con las revueltas estudiantiles del 68. Aquellos chicos tenían un programa. Fue un movimiento anti-autoritario, que aprovechaba la ola demográfica occidental post-bélica y aspiraba a una sustitución en el poder, también sobre base numérica. En cambio, la protesta de la juventud de hoy es una forma de auto-defensa. Más simple, más anárquica, pero tal vez más urgente. Es una guerra para la supervivencia de la especie.
Los anuncios en la televisión alternan promesas de coches inalcanzables, con los que endeudarse para una década, y cremas contra ‘el efecto del tiempo’, dirigidas a personas que jóvenes ya no son, pero quisieran parecerlo. Los adolescentes consumen poco y están fuera del mercado; ya ni siquiera son un target para los publicitarios. Los pocos (porque son pocos, a pesar de que mucho más llamativos) privilegiados se comportan como adultos envejecidos de forma prematura. En los EEUU el 20% de las mujeres que usan Botox tienen menos de 34 años, y entre los 13 y 19 años se realizaron nueve mil cirugías de mama el año pasado. El futuro, en una sociedad que desea congelar el presente, que le tiene miedo a todo, ya no existe. Ha sido abolido.
El desempleo afecta al 40% de los chicos entre 15 y 24 años en España, el 20% en la zona de París, el 25% en la de Londres. El 29% en Italia. En todas partes, para los jóvenes la precariedad se ha convertido en norma. Millones ya no estudian ni trabajan. Están allí, en la orilla, esperando que algo suceda.
Stéphane Hessel no es un joven. Tiene 93 años. Participó en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hessel es un anciano señor que escribió un folleto de 32 páginas titulado Indignez-vous!. Tengan la fuerza de indignarse. Ha sido el best-seller del año en Francia. “La razón básica de la Resistencia era la indignación. Nosotros, los veteranos de ese movimiento, pedimos a la generación más joven revivir los mismos ideales”.
El pasado 17 de diciembre en Sidi Bouzid, una pequeña ciudad de Túnez, la policía se incautó del banquete de frutas abusivo de Mohamed Bouazizi, de 26 años, licenciado. El joven protestó y le abofetearon. Luego Mohamed escribió un mensaje en Facebook y una carta a su madre. Le pidió perdón con esta frase memorable: “Dirige tus reproches a nuestra época, no a mí”. Entonces se presentó delante del edificio del gobierno, se roció con gasolina y se prendió fuego. Ha sido el comienzo de una revolución.
Túnez, igual que Albania, es parte de un mundo regido por ancianos; sin embargo, a diferencia de Occidente, aquí los jóvenes son la mayoría y lo que se puede perder sigue siendo menos que lo que se puede ganar. Es a partir de ahí, entonces, que irremediablemente deberá empezar el cambio. Que involucrará a todos. A pesar de que parezca lejano o improbable, recordémonos que hasta el día antes es imposible saber cuándo se alcanzará y superará el nivel de aguante.
De modo que, como se decía en aquella película: “¿A qué hora es la revolución? ¿Será mejor venir comidos o en ayunas?”.
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